- “No te me acerques” gritó el joven que estaba subido a la barandilla del puente.
- “De acuerdo. Pero antes de saltar, hay una señora que quiere decirte algo”. Respondió el policía. Hizo señas a una señora mayor que estaba a lo lejos, para que se acercara.
A medida que me acercaba, el policía se retiraba discretamente.
- “¿Qué quieres, vieja? Ni te me acerques. Ni siquiera sé por qué tengo que escucharte.”
- “A mí no me importa mucho que saltes por ese puente o no.”
- “Entonces ¿Qué coño quieres?”
- “En realidad pasaba por aquí y he visto tantas sirenas que me he acercado a curiosear”
- “¿Esto te da morbo?”
- “Sólo vengo a informarte. Hay algo que puede serte de utilidad para cuando saltes. Resulta que tu tristeza no acaba con tu muerte. Se va contigo y te persigue para siempre.”
- “¿Y tú que coño sabes?”
- “Si quieres saber por qué lo sé, tendría que desvelarte algo muy personal, un secreto del mundo de los muertos. En realidad, tampoco me importa, ya que vas a morir.
- “Pues eso. Qué cojones te importa”.
- “En realidad no sé si saltas por desesperación, vergüenza o desamor. Pero advertido estás. Llevarás esa angustia contigo para siempre.”
Entonces el joven quiso explicarse. Empezó a justificarse, a hablar, y siguió hablando y hablando. De repente se puso a llorar y a gemir, después a gritar…
Luego se quedó en silencio, sollozando con la cara entre las manos.
Le di tiempo.
- “Deja que te abrace”.
Y ahí acabo todo.
De vuelta, en el coche patrulla, me preguntó:
- “¿Y cuál es tu secreto?”
- “Ahora que no vas a morir, ya no te lo puedo contar”