LA ESTATUA DE CENIZA

Como cada semana, me dirijo a la reunión del concejo escoltado por mis yernos. No puedo renunciar a la concejalía en una ciudad tan corrompida. Alguien honesto tiene que estar presente para que los demás sientan un ápice de escrúpulo y oculten un poco su descaro.

También necesita mi mujer ser escoltada en las raras ocasiones en que no le traen las compras y tiene que salir a lidiar con esta ciudad de vicio, suciedad y drogas.

Mis yernos temen mi poder y anhelan mis riquezas. No les mueve el amor o el respeto. Ruego porque mi generosidad les impida venderme. Hace unos días tuvieron que pelearse para defender a dos extranjeros a los que estaban expoliando sin piedad a plena luz del día en medio de la calle. Entre varios estaban sodomizando a uno de ellos. Mi autoridad sirve de bien poco cuando interpelo a los delincuentes más agresivos.

Brindar mi hospitalidad a los forasteros también redunda, la mayoría de las veces, en beneficio y protección mutua. Los acojo, me ocupo de sus necesidades y ellos me obsequian, defienden sus bienes y los míos, además de mostrarme nuevos conocimientos. El contacto con otras culturas amplía mi visión del mundo, aunque no siempre sea evidente la comunicación con ellos.

Los dos nuevos forasteros rescatados yo diría que hasta distan de ser humanos, una vez vistos sus rostros. Tan distintos somos a veces unos de otros en esta tierra. Se comunicaban por medio de cajas parlantes que traducían todo a mi idioma. Me hablaban de un mundo en el que vivir en paz y orden.

Decían venir a salvarnos, cosa que dudo vistas las circunstancias en las que los encontré. Reconocieron que, tras su visita, tenían sus dudas, y no me extraña. Aun así, no cejaron en su intento de convencerme para que los acompañara en su viaje.

El día de su partida se me acercaron solemnes. “Coge a tu familia, tu mujer y tus hijas, y huye antes de dos días. Se acerca una gran debacle.”

Ojalá su predicción no se hubiera cumplido. Ojalá les hubiera tomado más en serio. Toda mi familia estaría viva.

Ante el temor de que su advertencia realmente tuviera fundamento, decidí hacer un pequeño viaje con mi mujer y mis hijas menores. A pocos kilómetros de la ciudad, al coronar una pequeña colina, oímos una deflagración a nuestras espaldas. Una gran nube en forma de seta se alzaba hacía el cielo por encima de la ciudad. Tan extasiado estaba que no vi a mi mujer salir corriendo hacia la ciudad.

Tras tres días refugiados en una cueva, decidí salir a buscarla. No tuve que ir muy lejos. La divisé en la distancia erguida en medio del camino. Era un rescoldo apagado cubierto de ceniza. Me arrodillé a sus pies llorando. Por ella y por las hijas que dejé atrás que no quisieron acompañarnos.

La ira de los forasteros había destruido mi mundo y mi vida, dejándome a solas con dos de mis hijas, sin otra descendencia.