ESCAPADA

Dormía mucho. Se pasaba el día durmiendo. Yo no lo soportaba. ¡Cómo me molestaba que todos estuviéramos angustiados menos él!

Sufríamos aislados entre aquellas paredes húmedas y frías. Encerrados sin posibilidad de salvación. Algunos lloraban desesperados. Otros se hundían en la depresión, o simplemente miraban al vacío, resignados. Sólo a él parecía no importarle. Yo me enfurecía cada vez más. Cada día le miraba con más rabia. No toleraba su conformismo.

Un día no aguanté más. Le sacudí para despertarle. Él se incorporó rápidamente sobresaltado e instintivamente me atacó. Después de unos segundos intentando zafarme de sus golpes y bofetadas, paró. Me tomó la cara entre sus manos y me miró con sorpresa, como si me viera por primera vez. Luego me abrazó y me acunó entre sus brazos. Poco a poco me fui tranquilizando. Me relajé. Se estaba bien. En calma. Me dormí entre sus brazos.

Entonces aprendí a soñar. Soñaba que era una persona diferente en un mundo distinto cada vez. Él me enseñó a escapar. Y cada vez que quería huir, me acurrucaba en sus brazos para dormir. Y volaba hacia otros mundos.