ALGO MALO EN MI CABEZA

Todo me daba vueltas. Estaba muy mareada. Me levanté a duras penas cuando oí la puerta de entrada. Llegaba él. Tenía que levantarme.

Mi marido miró alrededor. Luego me miró fijamente a los ojos mientras se acercaba.

La primera bofetada me hizo tambalear. La segunda me tiró al suelo.

  • “Hazme la cena”

Intenté levantarme y me clavó otra bofetada. Luego un puntapié. Intenté levantarme y vomité. Me desplomé sobre mi vómito debatiéndome para levantarme. Luego me desmayé.

Cuando desperté, un médico me tomaba el pulso mientras mi marido se paseaba arriba y abajo evidentemente de mal humor. Todavía con mi muñeca entre sus dedos, el médico me habla: “Soy Hassim. ¿A quién puedo llamar que pueda venir a bañarte?” Pensé en mi madre, a quien mi marido respeta por edad. Pero eso me costaría otra paliza. Entonces nombré a mi hermana. Ella llegó muy rápido, me miró y me hizo una pequeña inclinación con la cabeza. Se fue a la cocina, preparó la cena a mi marido y luego se encerró en mi cuarto durante dos días, saliendo sólo a cocinar. Luego se fue y volvió con mi madre. Entre las dos me llevaron a la casa paterna.

Durante los días siguientes sólo recuerdo oír conversaciones a lo lejos: los ruegos de mi madre a mi padre, los gritos de mi esposo, el ulular de mi madre y mi hermana, la voz de mi padre, la voz de Hassim, el médico.

Volví a la consciencia en una clínica. Las enfermeras corrían sorprendidas a mi alrededor. Vino un médico a reconocerme.

Por la tarde vino Hassim. Traía unas radiografías en la mano.

  • “Traigo buenas y malas noticias. Pensamos que podías tener un tumor cerebral, por eso te ingresamos. Tu marido quiere repudiarte si fuera el caso. Por fortuna, las placas no revelan presencia de tumor alguno. Sólo sufres de tensión muy baja y una anemia galopante. Tendrás que volver a casa con tu esposo.”

Mi cara de terror no hizo mella en él. Empezó a sonreír.

  • “Pero …” dijo él.

¿Albergaba ese ‘pero’ alguna esperanza? Hassim reía ahora abiertamente ante mi cara de ansia.

  • “¿Ves esa pequeña mancha aquí?”

Me mostró una de las radiografías. Yo no veía nada.

  • “¿La ves?”

Yo asentía.

  • “No se puede asegurar que eso no sea un cáncer incipiente. De momento has de volver a casa de tu madre y hemos de hacer más pruebas hasta estar seguros.”

Mi esposo no quiso esperar y se casó de nuevo. Siento pena por ella. Mi hermana volvió con su esposo, que es un buen hombre. Yo me quedé a cuidar de mis padres, porque mi padre no me pega casi nunca. No sé si soy feliz, pero estoy en paz.