Soy Agua. Agua es mi nombre. Mi tía me lo puso al nacer porque nací transparente como el agua. Nací invisible. A mi tía, la partera del pueblo, le gusta contar cómo el bebé se le escurría de las manos, como si fuera un pez. Por eso me nombró Agua. A mí me hubiera gustado el nombre de Espejo, porque mi cuerpo refleja todo lo que veo.
Nunca he sabido si soy guapa o fea. A veces me paro quieta delante del espejo y me muevo rápidamente hacia los lados para descubrir mi forma, mi altura, mi delgadez. Nadie puede verme cuando estoy parada. Incluso cuando me muevo lentamente sólo mi madre me distingue. Siempre voy desnuda. La ropa me molesta. Mi madre dice que ya desde niña me arrancaba el hula. Silbo suavemente cuando quiero que noten mi presencia.
Mi madre dice que soy hija del “hombre cielo” y no quiere contar nada más. A veces me imagino un hombre azul que viene a recogerme y me lleva a un planeta donde hay otros niños y adultos escamosos como yo.
Pero ser diferente ya no me molesta. No me gustaba que me pintaran las manos cada vez que visitaba al kahuna. Pero sí me gustaba aprender y escucharle.
Al principio soñaba con ser una heroína que iba por el mundo salvando damiselas en peligro y pateando asesinos que no podían verme. Hasta que conocí a Escondido. Toda mi sensualidad despertó en sus manos y el resto del mundo perdió mi interés.
Escondido tiene una peculiaridad peor que la mía. Es tímido en exceso. Ninguna mujer lograba tocarlo, ni siquiera acercarse podían. Vivía siempre huyendo de la gente, de su trato y su contacto. Sin embargo, sus ojos no eran huraños, sino bondadosos. Y se topó con unos ojos que no le examinaban, con una presencia que no le molestaba, con unas manos que no veía.
Juntos, Escondido y yo, hicimos a la niña de los ojos de nube, que podía leer tus pensamientos y detectar tus mentiras. Pero esto, ya es otra historia.