Mi mujer descorrió las cortinas. Un hachazo de luz cayó sobre mi cara cegándome. Me enfurecí por tan brusco despertar.
Quise gritar: “¿Por qué me despiertas?” pero ningún sonido salió de mi garganta
- “¡Qué día tan bonito hace!” Me dijo sonriendo y salió del cuarto.
Salí al balcón y realmente hacía un día bonito. El sol ya estaba alto. Sólo se oía trinar de pájaros. Encima de la mesa estaba mi desayuno, ya frío. Que desastre, el café estaba tibio.
Quise gritar: “¿Por qué no esperas a servirme el desayuno cuando me levante?” pero ni un sonido salió de mi boca.
- “Mi amor, que guapo estás hoy. Déjame hacerte una foto.” Me enfoca con el móvil y luego me muestra el resultado. Me sonríe satisfecha.
Quise replicar: “Pues a mí no me gusta cómo me has sacado. Eres una pésima fotógrafa” Pero no había forma de emitir sonido alguno.
Quise gritarle que había dejado la luz del baño encendida toda la noche, que la ventana estaba abierta y habían entrado mosquitos.
En el transcurso del día ella iba de un lado para otro sin parar en su actividad y cada vez me irritaba más su presencia. Me molestaba que me hablara cuando estaba entretenido jugando con el móvil. Me molestaba incluso sus accesos inesperados de cariño cuando se acercaba a darme un beso sorpresa. Más de una vez le aparté la cara sin ni siquiera mirarla.
Histérico sin poder gritar, molesto sin poder protestar, enrabiado sin poder gruñir, cada vez me sentía más frustrado y más angustiado.
Al final del día, sintiéndome impotente, me dejé caer en el sofá. Ella vino con un chocolate caliente y se acurrucó a mi lado.
- “Gracias por este precioso día, cariño” me dice.
La observo y veo lo bonita que es su cara sonriente. Miro alrededor y veo una mantita a mi lado para taparme, mi mesita con mis libros y mis gafas. Y al lado de ellas, un jarroncito con flores y un chocolate caliente.
- “Gracias a ti, querida mía.”
Esta vez, mis palabras tenían sonido.