Cada mañana oía cómo mi padre pegaba a mi madre. Oía los mismos golpes repetidos cada día y los gritos de mi madre que inevitablemente acababan en un llanto histérico mientras mi padre le insultaba.
Mi hermana venía corriendo a refugiarse en mis brazos y tapándose los oídos con sus manitas.
- “Papá pega a mamá”.
Los vecinos de más edad asentían ligeramente con la cabeza al escuchar, aprobando el castigo y las mujeres fruncían los labios sacudiendo la cabeza. Mi hermana mientras tanto se apretaba las orejas en un intento inútil de no escuchar los gritos y los llantos.
Cada mañana, a la misma hora, como un ritual.
Yo un día seré hombre y tendré que pegar a mi mujer como cualquier hombre que se precie. Para que mi mujer me respete como lo hace mi madre con mi padre. Pero algo dentro de mí me impulsa a defender a mi madre. Sé que no debo, o yo también recibiré el castigo de mi padre y el dolor de mi madre al ver a su hijo golpeado.
Pero llegó el día en que el miedo a mi padre era menos que mi furor. Ya había tenido alguna pelea en clase y estaba preparado.
Con sigilo me acerqué a la puerta del dormitorio de mis padres. La puerta estaba abierta sin decoro alguno.
Y allí estaba mi padre, sonriéndome mientras con el cinto azotaba la mesa y el armario, al tiempo que gritaba e insultaba a los muebles. Mi madre, mientras tanto, se revolcaba por el suelo entre gritos de risa histéricos.